Enrique Stola: Feminismos, DD. HH., Igualdad como principio de la acción y Libertad

Profundo malestar ante toda situación de dominio capitalista-socio-cultural-moderno/colonial, la dominación masculina y las trampas de la cultura patriarcal-machista-racista.

Mes: febrero, 2020

VIOLENCIA MACHISTA: El inexistente síndrome de ‘la mala madre’ lleva dos décadas usándose en los juzgados españoles

Ester Ruiz e Irune Costumero tienen mucho en común. A las dos les arrancaron a sus hijas tras denunciar a sus parejas por violencia o abusos. Las dos han luchado por recuperarlas y se han enfrentado a un sistema judicial que les ha aplicado el inexistente síndrome de alienación parental. La principal diferencia es que entre ambos casos hay casi 20 años de distancia.

Por Marisa Kohan. Diario Público, Madrid, 24-02-2020

Irune Costumero y Ester Ruiz
Irune Costumero (izquierda) junto a Eter Ruiz (derecha) en Vizcaya durante unas jornada contra el SAP / Público

MARISA KOHAN

“Yo me topo con este engendro en el años 2003. Entonces descubrí lo que era el Síndrome de Alienación Parental, y soy una de las primeras ‘usuarias’ (así nos definen) de los puntos de encuentro familiares. Me ha comido todo el sistema: mediación familiar, puntos de encuentro y arrancamiento… Porque hay que llamar a las cosas por su nombre. No son retiradas de custodia, a los hijos e hijas nos los arrancan de la manera más cruel que se pueda imaginar“.

Así explicaba su caso Ester Ruiz, enfermera especialista en psiquiatría y responsable de la Plataforma Luna contra el SAP, en una jornadas multidisciplinares celebradas recientemente en Igorre (Vizcaya), para denunciar la utilización de este síndrome inexistente en juzgados, equipos psicosociales y servicios sociales de diversas comunidades.

Ella denunció a su expareja por posibles abusos y maltrato y acabó sin la custodia de su hija y peleando contra un sistema del que entonces conocía muy poco. Por eso, al cabo de los años,una vez recuperada a su hija, montó la primera asociación de ayuda y apoyo a las víctimas del SAP.

El 4 de agosto de 2017, Irune Costumero vivió una situación similar. Una llamada de los servicios sociales de Vizcaya la citó en su sede sin más explicaciones. Al llegar, una decena de policías, guardias de seguridad y Ertzainas uniformados estaban en la sala. Sin ningún tipo de advertencia una trabajadora social cogió a la niña, se la llevó entre gritos de la menor que llamaba a su madre y pedía auxilio, mientras que a ella la sujetaron para que no pudiera salir en su búsqueda.

Los audios de esta escena, a los que ha tenido acceso este diario, resultan estremecedores y han sido una de las pruebas admitidas contra los responsables de los servicios sociales de Vizcaya, cuatro de los cuales han sido imputados por la Audiencia Provincial por prevaricación y delito de lesiones y se sentarán en el banquillo en breve. Entre ellos figuran el el máximo responsable del departamento de Acción Social, Sergio Murillo; la jefa de la Sección de Recepción, Valoración y Orientación, Antonia Giner, la jefa del Servicio de Infancia, Consuelo Alonso y la trabajadora social que aplicó la orden, Maika Urrutxurtu.

“Tardé tres meses en ver a mi hija y la primera vez que la vi fue en un punto de encuentro vigilada en el que me amenazaban cada vez que le decía que consideraban dañinas”

“La orden que me leyeron esa mañana encerrada en esa sala, mientras escuchaba alejarse los gritos de mi hija, decía que la Diputación foral de Vizcaya asumía temporalmente la tutela de la niña y le cedía provisionalmente la estancia al padre. No podía tener ningún contacto con ella durante un mes y luego ya se vería. Tardé tres meses en verla y la primera vez que la vi fue en un punto de encuentro vigilada en el que me advertían y amenazaban cada vez que le decía a mi hija cosas que ellos consideraban dañinas, como que cuando viniera a casa vería a su perro”, narra Costumero.

Han pasado casi tres años y Costumero sólo ve a la niña dos veces por semana durante dos horas, sin derecho a pernoctas, fines de semana o vacaciones. Ni la denuncia a los máximos responsables de los servicios sociales de Vizcaya, ni su posterior imputación por la Audiencia han conseguido que se revierta la retirada de custodia a la madre, que se realizó sin la intervención del juzgado que había decretado una custodia compartida entre los progenitores. Su delito, según los servicios sociales que decretaron un desamparo de la menor: ser una mala influencia para su hija y no permitir la revinculación con el padre, a quién había denunciado por malos tratos y al que la niña se negaba a ver.

Lo que ha cambiado es el miedo de las madres a perder la custodia de sus hijos si denuncian las violencias y abusos sexuales

Entre el caso de Ruiz y hoy han pasado cerca de 20 años, pero las cosas han cambiado poco o nada. Tal vez, apuntan diversos expertos, lo que ha cambiado es el miedo de las madres a denunciar violencias o abusos sexuales de sus parejas hacia sus hijos e hijas por miedo a no ser creídas y acabar perdiendo la custodia tras un largo proceso judicial.

“El Síndrome de Alienación Parental no está reconocido por ninguna institución médica, y si lo llegara a estar habría que cuestionarlo como se hizo con la patologización de la homosexualidad, para sacarlo de los manuales de psicología”, afirmó durante las jornadas Enrique Stola, psiquiatra argentino especialista en violencia y género.

Este experto explica que el SAP es una reacción a los avances  y fortísimos cambios conseguidos por las mujeres en la década de los 60 y 70 en Estados Unidos, en que lograron, entre otras cosas, el aborto, la liberación sexual, pusieron de relieve que el lugar más peligroso para las mujeres era la propia casa o visibilizaron el incesto paterno-filial.

“El SAP es un instrumento dentro del poder judicial para disciplinar a las mujeres y para aterrorizar a las niños y niñas”

“El SAP es un instrumento dentro del poder judicial para disciplinar a las mujeres y para aterrorizar a las niños y niñas y con eso controlar a las mujeres. Es un instrumento terrorista, porque lo que produce es temor en muchísimas mujeres a denunciar por miedo a que les saquen a sus niños o niñas. Es un instrumento que favorece a los hombres golpeadores, maltratadores, a los abusadores sexuales y a los que cometen incesto paterno-filial”, afirma Stola.

Según este experto, a los niños y niñas se les obliga a repetir muchas veces las escenas de trauma y lo que les van haciendo sentir es que ellos no son creíbles. “Lo que se produce es un reacomodamiento en ellos porque ven que no sirve hablar. Y cuando los funcionarios comienzan a aplicar casa uno de los paso del SAP, como la teoría de la amenaza, y les dicen que si siguen diciendo lo que cuentan no verán más a su madre, los niños y niñas pasan a ser acusados y activan lo que se llama: conducta defensiva de los menores”.

“Tratan de mantener el equilibrio psíquico y tratan de decir lo que suponen que les puede atenuar la presión dentro del poder judicial. Si sienten que no los creen, repetirán ya sin carga emocional la situación traumática y hasta pueden entrar en un absoluto silencio, profundizándose la dinámica del trauma y de estigmatización porque supone un golpe a su autoestima y horada su criterio de realidad”, añade Stola.

El SAP es una tortura

La aplicación de esta inexistente patología es, según aquellas que lo viven, una auténtica tortura. Y no en sentido figurado. Es decir, un castigo físico o psíquico on el fin de que confiese algo y un sufrimiento continuado.

Tal como explica Ruiz, aunque no existen datos oficiales porque nadie los recoge, “calculamos que más del 80% de las mujeres que en nuestro país denuncian abusos sexuales o violencia de género, acaban aplicándoles este supuesto síndrome (o algunos de los eufemismos con los que se activa) y un altísimo porcentaje acaba sin la custodia de sus hijos o hijas”.

“Con lo que nos encontramos es que si denuncias violencia o abuso de tu pareja hacia tus hijos, esto se archiva. Se da por bueno que no ha existido y vas a la mediación familiar. Y si no te humillas y te sometes te tachan de no colaboradora, de obstaculizadora e instrumentalizadora y te acaban arrancando al los hijos. Y lo hacen con violencia. A ellos no los preparan, no les explican nada. Porque difícilmente se les puede explicar que se los van a llevar con el padre que los violenta porque tu madre te quiere mucho y te intenta proteger, pero vamos a decir que está loca”, afirma Ruiz.

Ruiz admite que en los últimos tiempos se habla más sobre este síndrome inexistente y se hablará cada vez más de él, “porque las madres como yo que ya tenemos a nuestros hijos que han cumplido los 18 años, a las que no nos pueden amenazar con quitárnoslos estamos alzando la voz e incendiando las redes. Yo misma con mi nombre y apellidos estoy constantemente expuesta. No voy a dejar de hacerlo. Porque aquí no se está protegiendo a la infancia. El único objetivo que tiene este inexistente síndrome es anular y humillar a las mujeres y seguir manteniendo el sistema machista y patriarcal que durante años se ha establecido. Y no lo vamos a permitir”, concluye Ruiz.

https://www.publico.es/sociedad/violencia-machista-inexistente-sindrome-mala-madre-lleva-decadas-usandose-juzgados-espanoles.html

 

Vínculos peligrosos ¿Relaciones “tóxicas”? Cómo detectar manipulación en la pareja

El psiquiatra especialista en género Enrique Stola, dice que nuestra cultura, de manipulación y sometimiento, condiciona la manera de relacionarnos.

Manipular es someter a la otra persona a los intereses propios, haciéndole sentir y creer que son suyos, o de los dos. El psiquiatra especialista en género Enrique Stola explica que no es fácil darse cuenta: “Cuando hay implicación afectiva también hay mucha confianza depositada en la pareja​. Generalmente pasa tiempo hasta que la persona manipulada sienta que hay algo que ‘no cierra’, que confunde mientras el displacer crece”.

Detrás del aparente consenso, las decisiones arbitrarias y frases como “es lo mejor para los dos” pueden hacernos reflexionar sobre si realmente decidimos las cosas o si nuestras prioridades y opiniones cuentan (¿alguna vez lo hicieron?), desde cuestiones mínimas como qué comer, hasta las más importantes, como en qué destinar los ahorros comunes.

De todos modos, y según el psiquiatra, todos estamos entrenados socialmente para dominar y manipular, por lo que podemos encontrarnos con dos tipos (como mínimo) de personas en el ejercicio de la manipulación:

  1. Personas que no tienen conciencia del grado de manipulación que ejercen. Buscan ser protectoras y creen de buena fe que cada acción que realizan es para el bienestar de su pareja o familia. Reaccionan al ponerles límites.
  2. Personas con plena conciencia sobre su manipulación que son peligrosas para el desarrollo de una vida saludable y feliz.

Según Stola, lo primero es tener muy en claro nuestros propios deseos e intereses, analizar la historia del vínculo y evaluar si los cambios que experimentamos a lo largo del tiempo fueron lo que nosotros esperábamos, y no el cumplimiento del deseo del otro.

El especialista cuenta que estar junto a una persona manipuladorasuele ser resultado de un proceso de creciente malestar y el análisis de una sensación repetida: “¿por qué me siento tan mal si parece que todo está bien?”

“Si no podemos poner distancia porque la implicación afectiva lo dificulta, lo mejor es hablar con otras personas que hayan pasado por lo mismo o comenzar una terapia personal a fin de fortalecernos y poder poner límites. La terapia de pareja no es lo indicado en estos casos dada la asimetría de poder que se ha construido entre dominador y dominado. Algunos dominadores ejercen su manipulación haciéndose las víctimas (de enfermedades, o de injusticias laborales o familiares). Frente a él, hay que buscar la manera de fortalecerse, analizar sus mecanismos de dominación, el por qué logra manipularnos y tomar una decisión en cuanto a un nuevo contrato de pareja o una separación”, concluye.

Estamos "entrenados socialmente" para dominar y manipular, según el psiquiatra. Foto: Shutterstock

Estamos “entrenados socialmente” para dominar y manipular, según el psiquiatra. Foto: Shutterstock

Relaciones ¿tóxicas?

“Hay términos que califican fuertemente, pero impiden la comprensión de los fenómenos que debemos analizar, y toxicidad es uno de ellos”, dice Enrique Stola.

La “toxicidad” es un término usado popularmente y en libros de autoayuda y superación personal para hacer referencia a la “masculinidad” y los “vínculos tóxicos”. El psiquiatra especialista en género cuenta a Entremujeres Clarín que está en desacuerdo con su uso porque considera que invisibiliza los procesos socio-culturales, las construcciones grupales y las historias personales detrás de la problemática.

La manipulación existe en cualquier pareja, pero en las heterosexuales predomina en el ejercicio de poder masculino. No hay una ‘masculinidad tóxica’, lo que hay es un dispositivo social de dominación masculina que opera en la sociedad patriarcal, se relaciona con el desarrollo de la estructura económica, la segregación por clases sociales, la valorización de la heterosexualidad y la descalificación de cualquier otra orientación. Produce machos dominantes y una exigencia de subordinación en las mujeres e integrantes del movimiento LGTBIQ+, los pueblos originarios y las minorías étnicas”, reflexiona.

Consecuencias de ser manipulado

El especialista lista algunas consecuencias que genera la manipulación:

  • Disminución o aniquilación de la autoestima.
  • ​Disminución de la atención.
  • Pérdida de vínculos sociales, laborales, amistades y familiares.
  • ​Trastorno del estado de ánimo.
  • ​Depresión.
  • Problemas físicos.

El psicólogo explica que la manipulación se hace evidente en nuestro cuerpo: “Muchas veces éste ‘denuncia’ y ‘se queja’ del malestar ante la dominación antes de ser consciente de la situación que vive. La dominación como objetivo y la manipulación como instrumento siempre lesionan derechos, atentan contra la salud psicofísica, contra el buen vivir y nuestra libertad”.

https://www.clarin.com/entremujeres/pareja/-relaciones-toxicas-detectar-manipulacion-pareja_0_irhL9QPg.html

 

No discuto con machistas

En lo personal no discuto con machistas. Es una pérdida de tiempo. La vida es muy valiosa como para gastarla en debates con representantes y activistas del poder patriarcal. En la historia no hay ejemplos de clases sociales o grupos dominantes que hayan renunciado a tal estatus por solidaridad o cuestiones éticas hacia las, les y los dominados, por lo tanto no podemos esperar que el colectivo machista comparta los poderes y redistribuya los bienes por el diálogo y su buena voluntad. Como grupo o sector social, los varones hemos cambiado y cedido parte de nuestro poder solo por el fuerte NO de las mujeres. Siempre luchando ellas han logrado la legalización de cada derecho y su propia habilitación en cada nuevo espacio. Las feministas lo hacen a su manera, cuando y cómo pueden, concientes de que el poder no se pide sino que se ejerce y que cada conquista mejora la vida y las posibilidades todas las mujeres, los varones y del movimiento LGTBIQ+. Recuerdo como ejemplo la lucha de las sufragistas: el colectivo machista (CM) que en su momento se opuso a las exigencias feministas hoy solo es recordado por su crueldad y sus ridículas intervenciones. Dentro de cien años ocurrirá lo mismo con el actual CM: las mujeres estarán viviendo lo conquistado y los varones descendientes de los actuales tratando de no recordar las imbecibilidades que sus bisabuelos y abuelos sostenían.

Patriarcado, dominación masculina y asesinato en grupo

Por Enrique Stola. Publicado en Diario Femenino el 5 de febrero de 2020

Patriarcado, dominación masculina y asesinato en grupo

Patriarcado, dominación masculina y asesinato en grupo

El psiquiatra feminista Enrique Stola reflexiona sobre la mirada de la sociedad, especialmente de los varones, sobre las violencias

En Argentina el dispositivo de dominación masculina ha dado claros indicadores de su existencia durante enero de 2020 a raíz del asesinato de Fernando Báez Sosa, cometido por un grupo de varones blancos, heterosexuales, de clase media y jugadores de rugby. La pertenencia a ese deporte,  muchas veces asociada con agresiones clasistas-sexistas-racistas en el espacio público, ha sido junto al acto cometido el tema hegemónico de los medios de comunicación y en la sociedad en general.

Hacía tiempo que no leíamos y escuchábamos a tal cantidad de varones expresándose en duros términos sobre sus congéneres. Opinaron acerca de sus reglas morales, manifestaron con agresión sus enojos e hicieron propuestas de castigos para el grupo agresor. Las sugerencias punitivas eran diferentes según la clase social de donde provenían, algunos apuntaban a que por ser los agresores miembros de la etnia blanca y pequeño-burguesa o burguesa “que se pudran en la cárcel” o que sus “colas-blancas” iban a sufrir allí el castigo merecido, sustentando así la cultura de la violación. Otros machos-blancos-de-buenas-familias  pedían pena de muerte o cárcel de por vida.

A veces en forma explícita y otras implícita, los cuestionamientos contra los imputados por el asesinato apuntaban a que rompieron ciertas reglas que deben cumplir en sus peleas los machos-blancos-hetero-burgueses-sexistas: si la víctima está ya en el suelo y derrotado no se lo debe matar, aunque sea “un negro o puto de mierda”. Que un grupo de varones jugadores de rugby representativos de la blanquitud haya roto esa norma,  pone en riesgo la imagen de supremacía moral que viene construyendo la etnia blanca, sexista y burguesa desde 1492 a la fecha y que es un fuerte instrumento de la violencia simbólica operando en el orden social, de ahí la necesidad de castigo y diferenciación.

Claro que esa moral no vale para los varones asesinados por las fuerzas represivas del Estado patriarcal en el llamado “gatillo fácil” ni tampoco cuando el grupo y la víctima son de clase “baja” y  calificada como de “negros”, “putos” o “travestis”. Todas estas muertes se ven como normales, inevitables y en gran medida necesarias para mantener el orden social, de género, racial y capitalista.

Desde el polo macho-dominante intentaron hacer un “control de daños” calificando a los agresores como “un grupo de loquitos”, “adolescentes borrachos”, “quien no se peleó en la juventud”, “los jóvenes en la noche se descontrolan”, “esos rugbier son hijos del poder, los otros rugbier somos diferentes”, “solo son chicos bien y muy unidos que se equivocaron” hasta calificarlos como “intoxicados o portadores de masculinidad tóxica”, todas afirmaciones  que claramente ocultan los mecanismos de dominación masculina.

Patriarcado, dominación masculina y asesinato en grupo

En síntesis, el asesinato de Fernando desencadenó una crisis política en la red de fuerzas machistas dominante y generó un intenso debate sobre el comportamiento de los machos con los otros machos. Quedó claro que los discursos punitivistas y los análisis de los hechos sin perspectiva de género feminista jamás cuestionaron los roles masculinos en relación a las mujeres o al movimiento LGTBIQ+, ni tampoco su relación con la estructura socio-económica-cultural.

Esta crisis política se produjo porque la masculinidad hegemónica está jaqueada por la persistente lucha de las feministas, la precarización de la vida en el contexto liberal-capitalista, la acción de los movimientos sociales, antirracistas, antisexistas y sexualidades disidentes, lo que ha producido resquebrajamientos en varias de sus instituciones machistas que los mantiene en un necesario y permanente reacomodamiento para sostener la eficacia del dispositivo de dominación.

Mientras eso ocurría, las teóricas y activistas feministas estuvieron como siempre muy activas y reconfirmaban la existencia del poder patriarcal, producían textos en el intento de que la población saliera del amarillismo periodístico y comprendiera cómo se expresan los vínculos sociales en la actual relación y entrecruzamiento de las fuerzas dominantes.

Como siempre las feministas intentaron hacer visible que el patriarcado, matriz de todas las dominaciones, no es bueno para nadie y que se debatiera sobre las masculinidades; alertaron sobre cada uno de los ¡34 femicidios! del mes de enero y los nuevos intentos de asesinato de mujeres; lograron hacer visible el asesinato de Roberta, mujer trans en La Plata y el suicidio de Sathya Aldana, de 19 años, abusada por su progenitor desde la edad de 8 años y desprotegida por el Poder Judicial de la provincia de Córdoba; alertaron sobre las nuevas violaciones grupales y la banalización de las mismas en las fiestas de carnaval por parte del gobierno de la Provincia de Corrientes.

¿Ha cambiado algo en nuestra sociedad durante enero 2020? 

Es muy probable que muches mapadres y personas cuidadoras presten ahora atención a juegos y rituales violentos que hasta el momento  no parecían tales y que hacían al entrenamiento del rol masculino en modo dominación, uno de las maneras de integrar de la masculinidad hegemónica. Puede ser que algunas personas hayan tomado conciencia acerca de la violencia intragénero que como forma de disciplinamiento de los cuerpos ejerce la masculinidad patriarcal y también se haya generado una mayor conciencia acerca de la crueldad de la violencia de género o machista extrema.

Mientras tanto la contraofensiva machista tratará de que las relaciones de poder continúen igual, seguirán dificultando la implementación de la Educación Sexual Integral, continuarán con el fortalecimiento del sexismo, del racismo y del odio a lxs pobres, a los pueblos originarios y a las minorías étnicas y a las sexualidades disidentes, pero no podrán  detener el persistente avance de los feminismos ni el fortalecimiento de la democracia, la libertad de les cuerpes y la vida.

 

 

 

Crimen en Villa Gesell: No es el rugby, es la masculinidad hegemónica

Por El grito del Sur, enero 2020 http://elgritodelsur.com.ar/2020/01/rugby-crimen-villa-gesell.html?fbclid=IwAR31IAe-C3Q5I61u-DobDUId-gRG9b6WPKU0mId-MXF74tTY6q92JPKiH1M

El crimen de Fernando Sosa Báez en manos de un grupo de rugbiers abrió una serie de interrogantes sobre el deporte, la violencia y las masculinidades. Enrique Stola, psicoanalista, psiquiatra y especialista en casos de violencia de género habló con El Grito del Sur al respecto. “El sentimiento de machos vencedores está siempre presente” explica.

El asesinato de Fernando Báez Sosa en manos de un grupo de rugbiers desató un debate sobre violencia, deporte y masculinidades. Báez (19) había concurrido el último sábado al boliche Le Brique de Villa Gesell con sus amigos. A la salida fue atacado por un grupo de jugadores de rugby con los que habría tenido un enfrentamiento dentro del local bailable. La autopsia reflejó que la muerte del joven fue resultado de un traumatismo de cráneo a partir de un golpe que provocó sangrado interno.

El fiscal Walter Mercuri de la UFI Nº8 de Madariaga quedó a cargo de la causa caratulada como “homicidio agravado por el concurso premeditado de dos o más personas”. Mercuri informó que los agresores continuaron atacando a Fernando aún cuando este se encontraba inconsciente en el piso y aseguró que de los 11 detenidos actuales tres o cuatro habrían sido identificados como autores materiales del hecho y podrían recibir la pena de prisión perpetua. Los otros se encuentran imputados por el delito de “co autoría”. Diez de los once se negaron a declarar.

Este caso no es el único de varones cis rugbiers haciendo uso de su violencia. En agosto de 2019 Miguel Facundo Jiménez y Abel Edgardo Moreno asesinaron a Román Darío Paz Gonzáles, por lo cual fueron condenados a tres años de prisión por homicidio preterintencional. En el 2018 en Monte Hermoso Gastón Guido García, atacó por la espalda a Eduardo Emanuel Orta Díaz provocándole un traumatismo craneoencefálico. En el 2017 cinco jugadores de Santa Fé le dieron una paliza a tres jóvenes en «Wallas», un boliche bailable de Rosario. Estos hechos y muchos otros dejan en claro que la violencia de la masculinidad hegemónica encuentra terreno fértil entre vestuarios y terceros tiempos.

“Cotidianamente vemos que los varones atacan a mujeres, travestis, trans, homosexuales y lesbianas además de ejercer una violencia intragénero hacia otros varones que torturan y matan. No es el deporte el responsable sino la masculinidad hegemónica que le da al rugby cierta identidad ligada a la violencia, a las clases sociales altas y a la indiferencia sobre el sufrimiento” explicó a El Grito del Sur Enrique Stola, médico, psiquiatra, psicoanalista y especialista en casos de violencia de género. «Allí donde pueda expresarse la masculinidad hegemónica lo va a hacer de forma violenta, dominante hacia todos los que estén en una posición de subordinación, incluso sus congéneres”.

El funcionamiento de clan, cofradía o grupo que avala el accionar violento también está ligado a una construcción arquetípica del varón cis heterosexual. En su articulo “Hombres, masculinidades y homofobia: apuntes para la reflexión desde lo conceptual y de lo político” Marcos Nascimiento habla de la “vigilancia de género”. Este término alude a que muchos hombres actúan de manera violenta no solo para cumplir con los rituales del estereotipo patriarcal sino para forzar a la complicidad a quienes no se adecúan totalmente a este modelo. Así la búsqueda de pertenencia  los empuja a responder al ideal machista, patriarcal, violento y homofóbico.

“La pertenencia a todo grupo fortalece la impunidad, pero en estos casos y en estos grupos lo que produce la pertenencia es estimular los aspectos más negativos de la masculinidad. Cada uno de los miembros actúa como si estuviera rindiendo examen y poniendo en juego su hombría” agrega el psicoanalista. “La dominación patriarcal en occidente es blanca, capitalista, heterosexual y masculina. Cuando el grupo está actuando actúan todos los prejuicios de clase de género, clase, raza y orientación sexual por los cuales ubican a las personas agredidas dentro de una clase social inferior. El sentimiento de omnipotencia, de hombría, de machos vencedores está siempre presente”.

Stola hace énfasis en que la educación sexual es el punto neurálgico del cambio social y que lo ocurrido solo es un reflejo de una sociedad patriarcal «Es claro que hubieran disminuido la posibilidad de un comportamiento así si estos chicos se hubieran criado en una concepción respetuosa del cuerpo de los otros. Estos son los varones que estamos produciendo, no son monstruos, son los adolescentes que generamos como sociedad, y en la medida que no se implemente la educación sexual integral con perspectiva de género esto va a seguir ocurriendo. Veo a muchos horrorizados por lo que pasó sin ver que son la razón de aquello que están acusando, lo que están sosteniendo desde su religión y sus valores».

 

Opinión de expertos El brutal crimen de Fernando Báez Sosa, un nuevo impacto de la “masculinidad tóxica”

Un informe de la OPS reveló que uno de cada cinco hombres muere antes de las 50 años por efecto de la violencia machista.

https://www.clarin.com/sociedad/brutal-crimen-fernando-baez-sosa-nuevo-impacto-masculinidad-toxica-_0_N0QyG1e0.html?fbclid=IwAR3YoR7fswqyELUySVnxnJ4srqNQGasx2mAtaw93IzY6Fi5IP8rSABFUR3E

Publicado por Clarín, 27 de enero de 2020

“La violencia machista puede ser no sólo contra las mujeres y otras identidades de género, sino que también se expresa como violencia intra-género. Los varones con mayor poder económico, político, de fuerza, o de estatus someten y subordinan a otros varones, a veces incluso hasta la muerte. Es una violencia machista intra-género que busca ser disciplinadora: los otros deben someterse a lo que los machos dominantes quieren o recibirán castigos ejemplares”, dice el médico psiquiatra Enrique Stola.

Los alcances de la violencia machista contra los propios varones volvieron al centro de la conversación pública luego del asesinato a golpes de Fernando Báez Sosa​, un adolescente de 19 años, a la salida de un boliche de Villa Gesell. Hay diez jóvenes -todos hombres- de entre 18 y 21 años detenidos e imputados por homicidio agravado. Todos son de Zárate y todos son rugbiers. Para exigir justicia por Fernando, hubo manifestaciones en Gesell, Pinamar e incluso delante de la casa familiar de los Báez Sosa, en Recoleta.

Un informe difundido en noviembre del año pasado por la Organización Panamericana de la Salud dio cuenta de que uno de cada cinco hombres muere antes de los 50 años por el impacto de la llamada “masculinidad tóxica”. Ese estudio destacó que los varones tienen “un mayor riesgo de morir” y que su esperanza de vida es 5,8 años menor a la de las mujeres “en parte porque las expectativas sociales contribuyen a los comportamientos de búsqueda de riesgos”. El mismo estudio encarado por la organización regional asegura que la violencia machista contribuye a, entre otras consecuencias, tasas más altas de suicidio y homicidio entre los varones.

“El patriarcado, que ejerce violencia contra las mujeres, también nos lastima, nos humilla y nos mata a nosotros. El caso de Villa Gesell demuestra que el patriarcado no se nutre sólo de varones, sino que entran en juego diferentes categorías: si sos varón cis o trans es distinto, si sos hétero o cualquier otra disidencia, si sos clase alta o baja, o blanco, negro o inmigrante, aparecen ahí dominaciones que no son la del varón sobre la mujer”, dice Juan Pablo Cucciniello, miembro de la organización Varones Antipatriarcales.

“Los varones también pueden ser víctimas de la violencia machista. Esto se da cuando quienes se sienten más privilegiados por tener recursos económicos, ser más blancos, tener más educación o estar en grupo provocan peleas en las que descargan violencia en forma desmesurada y desenfrenada. Esa es otra forma de mostrar su poder como hacen con las mujeres, a quienes llegan a asesinarlas”, dice Mabel Bianco, titular de la Fundación para Estudio e Investigación de la Mujer (FEIM), y agrega: “Ser pacífico y no patotear en los varones es visto como debilidad“.

Es que los varones, de acuerdo a la noción hegemónica sobre qué es la masculinidad, deben cumplir con ciertos mandatos. Según el documento “Varones y masculinidad(es): herramientas pedagógicas para facilitar talleres con adolescentes y jóvenes” que acaba de editar la Iniciativa Spotlight y la organización Masculinidades y Cambio Social, algunos de esos mandatos son participar de juegos de competencia en los que medie la violencia, ser protector, ser procreador, ser fuerte, ser heterosexual y ser autosuficiente.

Ese mismo documento, sostenido por la Organización de las Naciones Unidas y la Unión Europea, se pregunta: “¿Se pueden construir otras maneras de habitar la masculinidad que no estén ligadas a formas de violencia y humillación?” y sostiene que “reconocerse varones muchas veces incluye el despliegue de violencia entre varones y contra las mujeres”.

“Los varones pueden aprender nuevas habilidades: todo depende de cómo sean instruidos desde pequeños en sus casas. Cada hombre que se proponga cambiar su situación de privilegio deberá estar revisando las 24 horas cómo ejerce la dominación para la que fue entrenado, y cómo puede renunciar a esa dominación”, sostiene Stola. Para el psiquiatra, esa renuncia “hará que todos seamos más libres”. La Educación Sexual Integral -que es ley desde 2006 pero que se cumple muy escasamente- es para el especialista una herramienta “que posibilita el análisis de los roles en la sociedad y que enseña a respetar los cuerpos, las decisiones y los derechos de los otros”.

“Tenemos que tanto en la escuela, a través de la ESI, como en los medios de comunicación y en la vida cotidiana en general promover un modelo en el que ser varón implique ser respetuoso de los otros y elimine la idea de que ser varón es imponerse y castigar a quienes no obedecen o reconocen un poder mayor”, suma Bianco.

La violencia de género también en las personas adultas mayores

Las mujeres de mayor edad están más expuestas a la violencia machista que pueden ejercer contra ellas sus parejas y hasta sus propios hijos.

Martes 28 de Enero de 2020, http://fenix951.com.ar/nuevo_2013/noticia.php?id=156351&fbclid=IwAR2Yor-zggBTdrYHP2s4XD8hmGu_SBRMm-_4Py13bPQsc4iJDAktyQ_9YVk

Ana Susana Luque tenía 67 años cuando en octubre del año pasado fue atacada por su marido con un elemento contundente en su vivienda de barrio Argüello de la ciudad de Córdoba. Estuvo casi 20 días internada hasta que murió en la clínica Sucre. Su marido, Ramón Tissera, de 74 años, quedó imputado por homicidio calificado por el vínculo y violencia de género.

Fue el último femicidio de los 19 ocurridos en 2019 y el tercero en ese año en el que la víctima era mayor de 60 años. Las otras dos mujeres mayores asesinadas fueron Carmen Gómez y Gladys Albina Lequín.

Al analizar las cifras, se ve que las víctimas de femicidio mayores de 60 años no representan la cantidad predominante de casos: varían entre un cuatro y un 16 por ciento según cada año en la provincia de Córdoba. Sin embargo, dentro del abanico de particularidades que presentan los casos de violencia de género, hay un grupo de víctimas que son particularmente vulnerables: los adultos mayores.

Para los especialistas, entre los factores que atraviesan a la población de esta edad se encuentra el tener más arraigado un grupo de creencias y preconceptos relacionados con el machismo que les dificulta poder detectar el problema y buscar ayuda.

 

“Hay un elemento clave en esa edad que tiene que ver con la soledad y el miedo a la muerte o al deterioro físico. En general hay un nivel de violencia hacia los integrantes de esa franja etaria que no se registra como violencia, está oculta. Tiene que ver con una estirpe cultural, social y económica que hace que a mayor edad suelan ser más vulnerables a la violencia a veces ejercida también por los hijos”, explicó Enrique Stola, médico psiquiatra, en relación con la imagen social que tienen los adultos mayores.

Al hablar sobre la violencia de género específicamente, Stola explicó: “Estas mujeres han soportado muchísimos años de violencia y no han tenido las condiciones materiales, sociales y personales para poder separarse y poner límites. Entonces creo que debería haber políticas de prevención específicas para este sector etario, que no tiene las mismas problemáticas que los adultos jóvenes o adolescentes”.

Para Ruth Ahrensburg, fundadora de la Asociación Con Voz por Una Vida sin Violencias, la cifra del año pasado (tres casos de un total de 19) alertó a los miembros de la organización. “Nos hace ruido porque las adultas mayores no sólo quedamos excluidas de los medios de producción, sino también de la gestión en la prevención en género. Incluso hay poca dedicación en el feminismo a este grupo etario al que la deconstrucción de estereotipos le cuesta más que si se hiciera en otra etapa de la vida”, aseguró.

No tan machos

Artículo y entrevista realizada por Monica Gutiérrez, INFOBAE 1 de febrero 2020

La golpiza que condujo a la muerte a Fernando Báez Sosa y puso a los diez rugbiers en el centro de una escena de drama y conmoción social develó el costado tabú, el lado B, de la cultura machista: la violencia intragénero.

La práctica de subordinar, humillar, degradar e incluso golpear y matar a otro varón tiene que ver con el mandato de llevar el ejercicio de la masculinidad al máximo. Con la compulsión por reafirmar la condición viril ejerciendo poder sobre otros varones para posicionarse en situación de macho-alfa.

A la crónica diaria que da cuenta de una imparable seguidilla de femicidios, una mujer muerta cada 24 horas de acuerdo a los últimos datos, se suma ahora el relato de salvajes trifulcas y golpizas en las que uno o varios varones atacan a golpes en orden a intimidar, reducir o masacrar a un congénere. Todo parece tener que ver con todo.

Para Juan Branz, autor del libro Machos de verdad, ser hombre y ser hombre “de verdad” implica responder a lo que es tendencia en nuestras sociedades ( patriarcales, machistas, sexistas y homofóbicas). Mandatos que interpretan, adhieren, garantizan y legitiman dentro de un determinado rango la identidad masculina.

“Ser hombre es ser fuerte, vigoroso, proveedor, corajudo, viril. Estos son los atributos que incluyen históricamente a un varón dentro del colectivo hombres. El cuerpo debe exhibir esas características, debe ser visto y reconocido como cuerpo dominante…No se trata solo de modelar el cuerpo, sino de ‘saber ver’ y ‘saber hablar’ sobre el cuerpo masculino”.

Para Branz, quien centra su investigación en los códigos y prácticas de los rugbiers, se trata de “un acto de comunicación, porque es la comunicación lo que da sentido a nuestra cultura y nuestra cultura lo que da forma a nuestras maneras de hacer. Un intercambio de posturas, gestos y palabras en orden a establecer una representación moralmente aceptada de la masculinidad”. Estas son algunas de las conclusiones a los que arriba en su trabajo de investigación sobre la cultura rugbier.

Puede que esta necesidad de mostrar y ser visto explique la compulsión a registrar en vídeos ataques y agresiones de todo tipo, incluidas escenas de sexualidad consentida pero violadas a la hora de su registro y viralización sin consentimiento alguno.

Hoy se habla de “masculinidad tóxica” para señalar las prácticas o conductas exacerbadas o perversas que, inscriptas dentro de lo que muchos varones visualizan como normales o deseables, afectan, violentan o dañan a terceros, cualquiera sea el género al que pertenezcan.

Los especialistas que estudian estas cuestiones aseguran que muchas de estas desviaciones provienen de una educación patriarcal que baja consignas que no se discuten.

“Los hombres no lloran” es una de ellas.

La dificultad para expresar sentimientos o emociones, bajo el riesgo de ser tratado como “poco hombre” suele ser un factor de frustración y violencia contenida en la que anidan y se maceran conductas aberrantes.

Enrique Stola rehuye del término “masculinidad tóxica”. Para el reconocido psiquiatra, la “toxicidad” es una palabra de la terminología médica que lejos de aplicar, oculta que la razón de fondo de esta cuestión anida en la estructura social que prepara a los varones en modo dominación.

Una cultura de posesión en la que todo les pertenece y que los habilita a ejercer el poder sobre los calificados como más débiles. El cuerpo de la mujer como objeto de uso o bien transable; el de otro varón, percibido como más débil, como sujeto a subordinar reforzando en orden a refrendar la condición de macho.

“Los varones que más desestabilizan el sistema son aquellos que pierden el control, tanto del poder económico como el de los cuerpos que dominan”, sostiene Stola.

En este particular momento histórico confluyen de manera simultánea dos factores: la “precarización de la vida” y la ruptura de los modelos tradicionales. “Eso tensa a los machos y el dispositivo de dominación masculina se va reacomodando”, afirma concluyente el especialista.

El recrudecimiento del femicidio se inscribe en este contexto. Y en la medida en que las mujeres van ganando un nuevo espacio en la reivindicación de sus derechos aparece muy visibilizado el ataque y muerte a un varón.

Los varones de este tiempo enfrentan un odioso desafío: repensar su condición masculina escapando al estereotipo de dominación que los obliga a revalidar títulos ejerciendo la violencia física o simbólica sobre mujeres y aún congéneres.

Encuadrar en los paradigmas de este tiempo demanda del común de los varones, nacidos y criados dentro de una cultura patriarcal, un esfuerzo para el que parecen no están preparados.

Descolocados, navegan en el desconcierto sin saber en el mejor de los casos dónde ponerse. Mientras algunos vagan confundidos o desconcertados tratando de encontrar lugar en este nuevo tiempo, otros redoblan la apuesta aferrándose a los mandatos de la cultura patriarcal en la que fueron nacidos y criados.

Analizar lo ocurrido en la fatídica noche de “Le brique” solo desde la lógica de la cultura rugbier o del impacto de los consumos de la noche feroz supone una mirada demasiado estrecha, no alcanza.

Se impone pensar que esta pasando con aquellos que se presumen machos pero que no lo son tanto.

Cuando la realidad supera a la ficción: similitudes entre los rugbiers y “La naranja mecánica”

Artículo y entrevista realizada por Sofía Luz Granato – 06/02/2020 https://periodicotribuna.com.ar/24768-cuando-la-realidad-supera-a-la-ficcion-similitudes-entre-los-rugbiers-y-la-naranja-mecanica.html?fbclid=IwAR1zbVtK54isiv254CSsxRe67-DRXL2ZtxjXDQlCvhERF7y-yiapt9hhGPY

Nada de esto fue un error

“-¿A dónde vamos?- dijo George.

-A caminar un poco y a ver qué pasa– le contesté-.

Entrando en la avenida encontramos justo lo que buscábamos: una pequeña broma para empezar la noche. Era un tipo ‘maestro de escuela’, viejo y con anteojos. Llevaba unos libros bajo el brazo y un paraguas. Después del anochecer no se veían señores de estilo burgués, por la escasez de policía y por nosotros, los chicos malos que rondábamos las calles.

– Veo que cargás unos libros, qué placer raro leer en estos tiempos- le dije al viejo. Y al abrir uno de ellos, añadí: – ¿pero, qué es esto? ¿Qué significan estas sucias palabras? Merecés una lección hermano, te la has ganado-.

Primero, rompimos los libros, después, empezó la diversión. Pete le sostuvo las manos y George consiguió abrirle la boca. El Lerdo, le arrancó la dentadura postiza y la tiró al suelo. Yo la machaqué con las botas. George, una vez más, le agarró los labios y le descargó una buena trompada en la cara, aunque con el puño anillado. Entonces, el sujeto comenzó a quejarse de lo lindo… y le brotó sangre, mucha. Hermanos míos, ¡oh! ¡Qué hermoso…!

Al rato lo dejamos ir. No era la gran cosa, pero no por ello iba a pedir disculpas a nadie. Además, la noche apenas comenzaba…”

Quien narra el evento es Alex, el protagonista de la famosa novela “La naranja mecánica”. Aquella –escrita en 1962- cuenta la historia de un adolescente y sus tres amigos, quienes habitan en un mundo de crueldad y destrucción. Para ellos, el  disfrute de la libertad sólo es concebido a través de la violencia y el dolor hacia un otro. Pues bien, ¿qué tan lejana resulta esta ficción a la luz del crimen cometido por los rugbiers el pasado enero?

Los hechos son de público conocimiento: diez adolescentes mayores de edad, jugadores de rugby, mataron a golpes a Fernando Báez Sosa, un joven de 18 años. Todo sucedió a la salida de un boliche en Villa Gesell alrededor de las 4.40 am. En la actualidad, los imputados se encuentran detenidos, con prisión preventiva en el partido de Dolores. A tres de ellos se les atribuye la autoría material del asesinato. Conforme la autopsia realizada, la patada efectuada por Máximo Thomsen sobre la boca de Fernando le habría ocasionado la pérdida de conciencia. Como consecuencia de aquello, la cabeza de Báez impactó en el piso, llevándolo al peor desenlace.

Eran diez pegándole a uno. Testigos declararon que los rugbiers le gritaban  a  Fernando: “Dale cagón, levantate”, “te vamos a reventar”, mientras este yacía en el suelo. Según relatan,  Báez habría manchado la ropa de uno de los integrantes de la banda oriunda de Zárate, y aquello sería motivo suficiente para acabar con su vida. El argumento ofició de pantalla para que estos deportistas  pudieran “divertirse”. En efecto, se trata de un grupo de individuos que encuentra el éxtasis en generar sufrimiento en el otro. He aquí la primera similitud con los personajes de la citada obra literaria: adolescentes que bajo un modus operandi grupal experimentan el goce  causando dolor en un tercero.

Ahora bien, ¿por qué lastimar a una persona puede generar placer? Al respecto, la médica psiquiatra  infanto juvenil, Dra. Nora Leal, señala que este tipo de conductas -a veces- responden a una descarga de violencia, en donde el placer está en el sometimiento del otro, el cual está en una situación de debilidad. Quienes accionan de esta manera se sienten más fuertes y poderosos. “Se debe distinguir entre sadismo y la  impulsividad. El primero refiere al goce por causar dolor en otro sujeto, en disfrutar de la crueldad; pero para ello se requiere que un par entre en el juego (algo que no ocurrió con Fernando). El segundo, en cambio, alude a la falta de control en los impulsos, lo cual puede devenir, por ejemplo, en  diversas acciones violentas”, especifica la doctora.

Por su parte, el médico psiquiatra feminista Dr. Enrique Stola reflexiona: “Cuando un grupo ataca, si bien hay goce, este se vincula no sólo con el ejercicio de poder sobre la víctima, sino también con el sentimiento de pertenencia de cada uno de los integrantes. Se reconocen como machos poderosos, al límite de hacer lo que se les antoja con otro varón u otra mujer- violándola y matándola-“, afirma Stola. Y agrega: “una agrupación tiende a unir voluntades para lograr un objetivo; en esta oportunidad el fin  es destruir al otro. Quizá cada uno de ellos, de manera individual, no mataría. La situación cambia cuando hay un marco grupal: se vivencia la sensación de impunidad y, a la vez, se imponen liderazgos”.

Más  puntos en común entre el mundo ficticio creado por Anthony Burgess (autor del best seller) y la triste realidad: ambas bandas debieron frenar sus conductas criminales por la misma razón, “se les fue la mano” y los alcanzó la muerte. El protagonista del cuento termina con la vida de una anciana y producto de ello es condenado a prisión. Con los rugbiers ocurre lo mismo: este conjunto de jóvenes encontró su límite tras matar a Fernando. Y resulta oportuno señalarlo ya que en ambos escenarios las palizas eran habituales. En “La naranja mecánica” los muchachos salían ansiosos a las calles a escoger víctimas; en el grupo de zarateños, por su parte, se celebraban las peleas. “Tres noches seguidas a las piñas, si no hay piñas no pudo haber sido alta noche. Jajajaja” escribió en su Twitter, días antes, Lucas Pertossi, uno de los acusados del homicidio. En ambas “historias” hubo delitos preexistentes, pero nadie los advirtió. ¿Qué pasa con los  mecanismos de control ante este tipo de conductas antisociales?

“Una de las características de estas patotas es la ausencia de culpa. Para ellas, la persona agredida es algo que está fuera de lo humano -ya sea por su color de piel, por su identidad de género o por su orientación sexual-, ergo, no merece preocupación alguna”, afirma Stola. El dato no es menor si se tiene en cuenta que -según dichos de testigos- mientras los rugbiers golpeaban a Fernando, también lo insultaban: “Te vamos a matar, negro de mierda”. El joven era de tez morena. A mayor abundancia, las pericias realizadas a los teléfonos celulares de los imputados, develaron que uno de ellos ordenó llamarse a silencio vía WhatsApp: “No escriban más que lo matamos”.  De igual modo, y siguiendo con la analogía, las víctimas de Alex y sus compañeros eran portadoras de características particulares: personas mayores, borrachas, niñas y académicos. Nada quedaba librado al azar.

Para finalizar, una última cuestión interesante: la pandilla Burgess, después de cada crimen, se dirigía a algún bar a beber leche y comer algo dulce; los rugbiers, en la misma línea, luego de acabar con Fernando fueron a un local de comidas rápidas a desayunar. Cualquier similitud con la realidad es mera coincidencia…

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