¡No le inventen un padre a su hijo o hija! agresiones sexuales incestuosas e incesto paterno-filial
Dr. Enrique Oscar Stola [1]
Médico Psiquiatra – Especialista en Psicología Clínica
Buenos Aires – stola.enrique@gmail.com
La temática que hoy nos convoca es de enorme relevancia social. Se trata de una problemática que ocurre en todas las regiones del mundo, pero que en este espacio analizaremos situada en nuestro contexto, el mundo occidental. Esto implica reconocer una cultura profundamente atravesada por la dominación masculina, el racismo y el clasismo, con la mercancía como síntesis social del capitalismo: es lo que denominamos sociedad patriarcal.
Invisibilización y cifras ocultas.
Los datos estadísticos sobre agresiones incestuosas dentro del total de las agresiones sexuales son escasos y difíciles de obtener. Esto se debe a que la enorme mayoría de los casos no se denuncian. Aun así, existen estudios recientes y encuestas de victimización que muestran cifras en las que el agresor pertenece, en la mayoría de los casos, al entorno cercano o familiar de la víctima, y esto es indudable en el incesto-paterno-filial.
Es fundamental comprender que las estadísticas oficiales —denuncias y sentencias judiciales— reflejan solo una mínima porción de la realidad. Lo visible, es decir, lo denunciado, es muy inferior a los casos ocultos, los que permanecen social y culturalmente silenciados. Diversas publicaciones estiman que solo se denuncia entre el 10 % y el 15 % de la violencia sexual en general, lo que implica que el silencio alcanza entre el 85 % y el 90 % de los casos. Incluso entre aquellos casos que llegan a denunciarse, las condenas judiciales oscilan entre el 1 % y el 4 %, con un claro sesgo discriminatorio de raza y clase, ya que recaen mayoritariamente sobre agresores pertenecientes a sectores sociales de clase media baja o pobres y personas marginadas por el sistema socioeconómico. En este sentido, sostengo que el sistema judicial funciona, estructuralmente, como uno de los principales dispositivos de protección del incesto-paterno-filial y de las agresiones sexuales incestuosas en general.
Nombrar correctamente la violencia
Es imprescindible revisar el lenguaje que utilizamos. Hay palabras que debemos dejar de usar, como “abuso” u “ofensor”, y ser enfáticos en hablar de agresiones sexuales y agresores. Los términos “abuso” y “ofensor” carecen de la carga emocional, simbólica y política que sí poseen “agresión” y “agresor”, las que nombran con mayor precisión la violencia ejercida.
Siguiendo los aportes de la recientemente fallecida psicóloga e investigadora argentina Eva Giberti, es necesario diferenciar entre las agresiones sexuales incestuosas intrafamiliares y el incesto-paterno-filial. No es lo mismo que una niña o un niño sea agredido por un familiar que no ocupa la función paterna, que cuando el agresor es el padre biológico o quien ejerce dicha función.
El incesto-paterno-filial constituye una entidad singular, una forma específica y extrema de agresión. Sin embargo, los códigos penales —históricamente elaborados desde una mirada e intereses masculinos— tienden a diluir esta especificidad bajo la figura de “abuso sexual agravado por el vínculo”, o categorías similares que engloban situaciones muy diferentes entre sí.
Para Eva Giberti, el incesto-paterno-filial representa la autorización simbólica que el patriarcado otorga a los hombres para sostener el conjunto de las violencias contra las mujeres. ¿Existe acaso un ejercicio de poder más grave que aquel en el que un progenitor agrede sexualmente a un hijo o a una hija? Sí: el filicidio, el asesinato de hijos e hijas, fenómeno que hoy observamos con creciente frecuencia bajo la forma de lo que Sonia Vaccaro ha denominado con precisión Violencia Vicaria.
Detección y responsabilidad social
Existen protocolos específicos para la detección de la violencia sexual intrafamiliar y del incesto-paterno-filial dirigidos a profesionales de la salud, la educación y el Poder Judicial. Estos protocolos incluyen herramientas especializadas de evaluación y atención, particularmente a partir del proceso de revelación.
Pero es necesario destacar que también existen prácticas judiciales tendientes a ocultar el incesto-paterno-filial y otras agresiones incestuosas, protegiendo de esa forma a los agresores sexuales. Utilizan construcciones ideológicas machistas como el inexistente-falso “síndrome de alienación parental”, la “alienación parental”, la “co-construcción del discurso entre la madre y su hijo/a”, la “influencia de la madre”, la “implantación de memoria”, etc.
La detección de niños, niñas y adolescentes víctimas de agresiones sexuales requiere capacitación social y compromiso comunitario, algo imposible de lograr sin políticas públicas con perspectiva feminista, o sea perspectiva de género.
Existen indicadores que deben ser conocidos y reconocidos por docentes, personal de instituciones educativas de todos los niveles y por quienes trabajan en espacios comunitarios que nuclean a niños, niñas y adolescentes, como clubes deportivos o centros culturales. En términos generales, pueden observarse síntomas conductuales y físicos inespecíficos, que no constituyen pruebas en sí mismas, pero que deben ser investigados cuidadosamente, siendo algunos de ellos los siguientes:
- Cambios bruscos de conducta.
- Miedo o nerviosismo frente a una persona específica.
- Retraimiento social.
- Conductas autoagresivas (cortes, golpes).
- Regresiones evolutivas (por ejemplo, enuresis).
- Trastornos del sueño o de la alimentación.
- Infecciones urinarias recurrentes.
- Dolores persistentes sin causa médica aparente.
- Dificultades para caminar o sentarse.
Existen también síntomas físicos específicos, entre otros:
- Lesiones en genitales y enfermedades de transmisión sexual.
- Embarazo en niñas y adolescentes.
E indicadores psicológicos y conductuales de contenido sexual, entre ellos:
- Conocimientos, juegos o dibujos sexuales no acordes a la edad.
- Conductas seductoras o, por el contrario, evitación marcada del contacto físico.
Políticas públicas, evaluación y acompañamiento
La política pública con perspectiva de género y la implementación efectiva de la Educación Sexual Integral (ESI) son fundamentales. La capacitación del personal de instituciones educativas, culturales y deportivas permite observar señales, activar protocolos y deberían sostener procesos de protección a largo plazo tanto para el/la agredida como para su grupo familiar. La Educación Sexual Integral debe estar en todos los niveles de enseñanza y también formar parte de la educación social: Educación Sexual Comunitaria.
En cuanto a la evaluación especializada y pericial, es indispensable que las y los profesionales cuenten con formación académica en perspectiva de género. Solo desde allí es posible comprender la violencia sexual como un ejercicio perverso de poder, reconocer las estrategias del agresor y su red de apoyo, abordar adecuadamente el Estrés Postraumático Complejo y/o depresión clínica que presentan muchas víctimas.
Revelación y retractación
El proceso de revelación es complejo a cualquier edad, pero especialmente en niños, niñas y adolescentes. Deben atravesar múltiples barreras para poder insinuar, dibujar o nombrar lo vivido, y encontrar un/a adulto/a que escuche sin juzgar, contenga y proteja. La Educación Sexual Integral les brinda palabras, comprensión y la certeza de que como personas agredidas no son culpables. También les permite pedir ayuda a las personas adecuadas. Oponerse a la ESI, tal como lo hacen políticos y partidos políticos conservadores, medios de comunicación, instituciones religiosas y agrupaciones machistas, es una forma activa de proteger a los agresores sexuales y desproteger a infantes y adolescentes.
En el proceso de agresión sexual suele instalarse una fase de secreto impuesta por el agresor mediante amenazas y culpa. Muchas víctimas, sometidas a presiones familiares, judiciales o mediáticas, llegan a la retractación, incluso después de una condena judicial. La retractación no niega los hechos: los confirma.
Ante la sospecha o conocimiento de un caso de agresión sexual incestuosa o incesto paterno-filial hay que:
- Escuchar y creer a la víctima desde una actitud afectuosa.
- No juzgar ni confrontar con el agresor.
- Entender que, cuando un niño, niña o adolescente revela, no está “contando” un hecho, sino reviviéndolo corporalmente y poniéndole como puede palabras. Por esta razón niña o un niño no pueden sostener un relato falso en un diálogo contenedor o una evaluación psicológica básica. Su vivencia es lo que permite decir sinceramente “yo te creo” en los casos de agresión sexual.
Luego de la revelación, la denuncia puede ser necesaria de manera inmediata en contextos de alto riesgo o, si las condiciones lo permiten, formar parte de una estrategia que incluya protección, acompañamiento psicológico y acción política. La denuncia nunca debe ser el único recurso, esto significa que no hay que manejarse con la ingenuidad de que “la justicia existe”. La “justicia” es un ideal regulatorio de carácter histórico en cada sociedad. No existe en los edificios designados por el Estado para que “ella” mágicamente aparezca. Creer que la justicia existe es una ficción social encarnada en los cuerpos por el sentido común que en cada momento histórico impone la clase dominante.
Pero si bien la justicia no existe, sí podemos lograr actos justos. En principio no hay que creer que luego de realizada la denuncia es posible descansar en los procedimientos del Poder judicial. Nunca hay que confiar en las y los funcionarios judiciales, sean fiscales, jueces y juezas hasta no tener pruebas de su idoneidad, buena fe e implicación en el caso denunciado.
Una estrategia integral debe contemplar:
- Presentación judicial con fundamentación sólida.
- Atención psicológica para la víctima y la adulta protectora.
- Informes institucionales (escuela, club, etc.).
- Peritos con perspectiva de género.
- Acción política, o sea la articulación con redes feministas, organizaciones de madres protectoras y contacto con periodistas sensibles a esta problemática, junto al registro y conocimiento de las instituciones estatales disponibles a nivel local, provincial y nacional a fin de que, de acuerdo con sus roles, fortalezcan la estrategia de defensa de la víctima.
Frente a esta dolorosa realidad que la sociedad sostiene y oculta con hipócritas discursos de protección a la niñez, es indispensable preguntarnos:
- ¿Existen políticas públicas de capacitación dirigidas a la comunidad en general?
- ¿Está el funcionariado público capacitado para detectar conductas que indican la posibilidad de que un niño, niña o adolescente esté sufriendo violencia sexual?
- ¿Cuentan todas las escuelas con protocolos de actuación ante agresiones intrafamiliares y casos de incesto-paterno-filial?
- ¿Conoce la sociedad las enormes dificultades que enfrentan las y los agredidos sexualmente y las adultas protectoras —madres, abuelas, tías— luego de una denuncia?
- ¿Saben las mujeres que cuando entran al Poder Judicial a realizar las denuncias de violencia de género, agresiones sexuales incestuosas o incesto-paterno-filial, al decir de un respetado juez argentino, “entran con un problema y salen con dos: uno es el motivo de la denuncia y el otro es el Poder Judicial”?
- ¿Hay conocimiento y comprensión del fenómeno del backlash, es decir, la respuesta violenta hacia la víctima y sus protectoras por parte del agresor, su red social y por los grupos que lo apoyan como profesionales del derecho, salud mental, políticos/as sumando periodistas mediáticos machistas?
- ¿Hay conocimiento social de que uno de los principales instrumentos de Violencia Institucional Judicial contra los niños, niñas, adolescentes y madres que protegen es el uso del inexistente “síndrome de alienación parental”, de la llamada “alienación parental” y sus derivados?
- ¿Se conoce socialmente que el Poder Judicial tiene jueces y juezas que son el brazo institucional ejecutor de la Violencia Vicaria, secuestrando/arrancando a niños y niñas de brazos de sus madres, en sus casas o escuelas, y entregándolos por años al acusado de violencia de género o incesto-paterno-filial?, ¿saben que estos jueces y juezas impiden durante mucho tiempo que los pequeños se relacionen con sus madres?, ¿saben que esto sucede especialmente cuando los agresores tienen poder económico, político o religioso, dada la corrupción económica de gran parte de defensoras o asesores de menores, fiscales, jueces y juezas?, ¿saben que se obliga a las pequeñas y pequeños agredidos a relacionarse con el agresor sexual, porque no importa que el progenitor sea incestuoso, es el “padre” y se lo debe respetar como tal?
- ¿Se dan cuenta ustedes del nivel de perversión y crueldad judicial que todo lo anterior significa?
- ¿Se reconocen socialmente las complicidades machistas que atraviesan los distintos poderes del Estado patriarcal: Ejecutivo, Legislativo y Judicial?
- ¿Se conoce socialmente la existencia de organizaciones machistas, conformadas por varones violentos, muchos de ellos acusados de agresiones sexuales y que su objeto es atacar a las madres-protectoras y proteger a los agresores sexuales?
- ¿Se entiende que las llamadas “falsas denuncias” en casos de agresiones incestuosas son estadísticamente inexistentes, formando parte de una construcción machista y mediática de tendencias políticas que hoy sostienen el orden patriarcal y que lo instalaron como “problema social”?
- ¿Somos conscientes de que el mundo occidental está dominado por élites económicas profunda y mayoritariamente vinculadas a prácticas de trata de personas con fines de explotación sexual, o sea, empresarios, políticos y líderes religiosos que son pedófilos, puteros, racistas y clasistas?
Por último, una recomendación dirigida a las jóvenes madres que conviven o han convivido con parejas agresivas o violentas: no inventen un buen padre para sus hijos o hijas, ya que esto puede tener consecuencias subjetivas profundas y persistentes, especialmente si en el futuro se inicia un proceso judicial que implica, en la mayoría de los casos, sufrir Violencia Institucional.
Con frecuencia, niños y niñas expresan a sus madres malestar en relación con la figura paterna mediante frases como: “papá no me quiere”, “me molesta”, “no le gusto” o “no es bueno conmigo”. Cuando la madre responde justificando al padre —por ejemplo, diciendo “sí, te quiere, pero no sabe demostrarlo”, “tuvo una infancia muy difícil”, “trabaja mucho y está cansado” o “es así, pero te ama”—, se produce un efecto clínicamente relevante: se pone en duda el criterio de realidad del niño o la niña.
Este tipo de intervenciones, aunque bienintencionadas, generan confusión psicológico-emocional, sentimientos de culpa y una profunda desorganización subjetiva. Además, dificultan seriamente la posibilidad de que el niño, niña o adolescente pueda reconocer, nombrar y denunciar una eventual agresión física o sexual, ya que aprende a desautorizar sus propias percepciones y emociones.
El vínculo con el padre —o con quien ocupe esa función— es un proceso que cada niño, niña o adolescente deberá elaborar a lo largo de su desarrollo o en la adultez. La madre no debería interferir en esa elaboración forzando una imagen idealizada que no se corresponde con la experiencia vivida.
Por todo lo anterior, es importante reiterar con claridad: no le inventen un buen padre a su hijo o hija.
Buenos Aires, 10 de febrero de 2026
[1] Texto leído en el Foro sobre las violencias sexual, vicaria, institucional e intrafamiliar contra niños, niñas y adolescentes “Infancias rotas”. Senado de la República de los Estados Unidos Mexicanos. LXVI Legislatura. Senadora Beatriz Robles Gutierrez. 10 de febrero 2026.-









