El Ciudadano demócrata y su juego fascista en la práctica putera.
El ciudadano que se presenta como demócrata revela su faceta fascista en el acto de prostituir. Una vez concluido, este individuo regresa al mundo como un demócrata y un hombre satisfecho. En este comportamiento se esconde un juego íntimo entre el sujeto y la estructura patriarcal que lo ampara: es el goce privado que produce el ejercicio de la dominación masculina, el cual se entrelaza con el relato internalizado de “qué es ser hombre”, que sirve de ratificación simbólica.
Toda la acción es un tránsito del «yo» al «nosotros»; de un acto solitario o grupal a la experiencia de la fratría. Es un «así somos los hombres» que inunda el cuerpo, inscrito en el individuo que oscila entre demócrata y fascista, dándole la vivencia una energía que identifica como «masculina» que lo afilia a un grupo. Esta energía, sin embargo, es temporal, por lo que debe repetir el proceso una y otra vez para mantener su sentido de pertenencia. Los elementos que circulan a su alrededor—ya sea alcohol, familia, trabajo, dinero, drogas, mujeres o personas trans y travestis—son meros objetos necesarios para legitimar su posición.
Este individuo rechaza que lo llamen «putero» y argumenta: «No es mi culpa que existan ‘putas’ a las que les guste o sea su trabajo. Es un servicio para los hombres, y ellas cobran por ello». Incluso llega a ratificar su postura con afirmaciones como: «Hay putas. Si nosotros no usáramos sus servicios, se morirían de hambre. Deberían darnos las gracias».
Los «puteros» forman parte de ese amplio sector social considerado «gente de bien». Permanecen invisibilizados, incluso para un sector importante de los feminismos, a pesar de ser un pilar fundamental junto a la “gente de bien” para el sostenimiento y crecimiento de la Trata de Personas con fines de Explotación Sexual y de toda la red prostituyente institucionalizada.